La pinacoteca de Madrid exhibe al público ‘El triunfo de la muerte’, de Bruegel el Viejo, tras una minuciosa restauración que ha durado más de un año a las puertas del quinto centenario de la muerte del pintor

No importa cuántas veces se pare alguien frente a El triunfo de la Muerte (Óleo sobre tabla, 117 x 162, 1562) de Pieter Bruegel el Viejo (Breda, c. 1525-Bruselas, 1569), siempre encontrará algún detalle nuevo. Un niño en brazos de una mujer muerta, un perro famélico olfateándolo, un hombre tratando de salir del agua y un esqueleto aferrado a su pierna derecha para que no consiga hacerlo… En el cuadro del pintor flamenco, la fiesta macabra de la parca se desparrama sobre una aldea y parece que nadie saldrá vivo: ni ricos, ni pobres, ni religiosos, ni siquiera los amantes que se apartan en una esquina pero que no consiguene escapar de la mirada jocosa de un esqueleto que se mofa de ellos.

“Desde nuestra lectura contemporánea parece una escena apocalíptica, pero en aquella época, en Flandes, había celebraciones como la danza de la muerte. Su manera de entenderla era diferente a la nuestra”. Para María Antonia López, encargada de restaurar la pintura (capa pictórica) junto a José de la Fuente (el soporte), la escena confirma un destino común: todos los caminos conducen a la muerte. “Es cierto que también hay una intención moralizante, una especie de advertencia de que todos los hombres son iguales ante Dios y a todos les llegará su tiempo. Comenzaba la Contrarreforma”, explica en una charla con EL MUNDO.

El 28 de mayo, el Museo del Prado expuso el óleo del pintor holandés nuevamente ante el público tras un exhaustivo proceso de restauración patrocinado por la Fundación Iberdrola. “Por suerte, se contaba con dos copias de la pintura realizadas por el primogénito de Bruegel, Pieter el Joven”, explica María Antonia, para quien “la principal dificultad fue que un conjunto de restauraciones antiguas formaban una costra difícil de limpiar sin dañar la pintura”.

Del artista no se sabe mucho más. Que comenzó sus aprendizajes en el taller de Pieter Coecke de Aelts, en Amberes. O que entre 1557 y 1563 se fascinó por los personajes macabros de El Bosco, a quien imitó, “pero siempre agregando a sus pinturas su carácter personal”. Esta herencia bosquiana está presente en El triunfo de la Muerte, pero con la impronta de Bruegel, “muy certera y detallista”. Por eso el proceso de restauración fue, para María Antonia, un camino de descubrimiento constante. “Aunque llegues con una mochila de documentación al hombro, es fácil perderte en este cuadro y hallar algo nuevo que te vuelva a sorprender”.

CLAVES PARA ENTENDER ‘EL TRIUNFO DE LA MUERTE’

Para la restauradora, “todos los caminos conducen a la muerte, a esa especie de sarcófago a la que se dirigen los aldeanos, y detrás de él, los ejércitos de esqueletos que cierran cualquier punto de salida”. La parca ha invadido el valle y en este espectáculo macabro no se salvan ni los ricos, “eso lo muestra el emperador, con su traje en el suelo, y el esqueleto revolviendo los barriles con oro a su lado”, como expresa la restauradora, ni los religiosos, “como el cardenal que es arrastrado por un esqueleto, cerca del emperador”.

El triunfo de la Muerte es un cuadro que no contaba con ninguna restauración en el archivo del Museo del Prado, “es decir que no tiene restauración reciente, y en las fotografías que he consultado y que conservamos de 1860 aproximadamente ya estaba con esta restauración con la que yo me he encontrado“, explica. “Es una restauración muy antigua a la que habían ido aplicando pequeños retoques para ajustar sin retirar lo anterior, por lo cual tenía una amasijo de cuestiones encima”.

La imagen de arriba permite ver, también, el carro que lleva el caballo restaurado. “Antes, la viga del carro terminaba justo antes de la pierna delantera del animal, lo que no tenía sentido porque estaba el dibujo del eslabón por donde debe pasar”.

Para María Antonia, ha sido como trabajar “sobre un paciente”. “Este es mi enfermo, por lo que necesitamos unas pruebas. Utilizamos una radiografía, que penetra más y nos hace ver el soporte y la estructura, utilizamos el infrarrojo, que queda a media penetración y nos deja ver el dibujo y los cambios de composición, las fases previas a lo que ven nuestros ojos, y luego el ultravioleta que nos da la imagen de lo que hay encima y los barnices”. Por eso, la principal dificultad a la hora de trabajar con este cuadro ha sido, para la restauradora, retirar ese grosor y “llegar a cada pequeño descubrimiento“.

“Tras esa limpieza, en la que estás muchos días en tensión porque no quieres dañar la pieza, descubro, por ejemplo, que la persona que está en el suelo, un poco más arriba del cardenal, es una señora que representa la parca. Las parcas cortan un hilo. Ella tiene un huso en la mano y la hebra de hilo todavía está”, comenta, satisfecha. “Cuando vamos liberando el velo, lo vemos todo por igual“.

OPINÁ

Compartir