La Compañía Nacional de Danza vuelve a interpretar una coreografía de Nacho Duato, quien fue director de la compañía desde 1990 hasta 2010

Nacho Duato salió a saludar en la tarde del domingo, al terminar de interpretar su Por vos muero. Los sólidos bailarines de la CND y los aplausos subieron de tono, hubo aclamaciones dispersas y algunos espectadores se pusieron en pie, pero él fue fugaz en la aparición, de menos de un minuto, y se fue del escenario del Teatro de La Zarzuela enseguida. Las palmas siguieron unos segundos más, se bajó el telón y no hubo insistencia desde las butacas para continuar.

Por vos mueroestrenado en 1996, en aquellos primeros años de “efervescencia Duato”, tras comenzar en 1990 a dirigir el entonces Ballet del Teatro Lírico Nacional La Zarzuela (él cambió su nombre a Compañía Nacional de Danza, CND), se percibe menos sólida de lo que la recordábamos, aunque la interpretación de los bailarines elevó su ajustada hechura. Hay variaciones que con la perspectiva de los años denotan fórmulas de movimiento un tanto cándidas, si bien su parte final, con la voz grabada de Miguel Bosé recitando el Soneto V, de Garcilaso de la Vega -“Yo no nací sino para quereros…”-, y la bella música renacentista española como tapiz para el hermoso paso a dos en maillots color carne, siempre produce un pellizco en el estómago. El domingo, el alto volumen de la melodía, sin embargo, tapaba un tanto el recitado.

Y pensamos, reflexionando sobre lo ajustado en trascendencia de Por vos muero, que hay ballets eternos y otros que son testimonio de una época, caso en el que se encuentra Por vos muero.

Gratamente sorprendidos por la energía del coreógrafo israelí Itzik Galili y su Hikarizatto (2004), con música étnica de Percossa, de nuevo hay que felicitar a los bailarines entregados a esta pieza vertiginosa y de superprogramada iluminación. Con esta coreografía no pueden relajarse ni un segundo porque es geométrica y las líneas rectas, perfectas, son su base. Es heredera de la técnica radical de Forsythe, está iluminada con cenitales que son parte de la coreografía y trata los pasos a dos como si fueran una misma imagen repetida por ordenador. Ana Pérez-Nievas, más estilizada, abrió, entregada, su intenso movimiento; Esteban Berlanga, Shani Peretz y Anthony Pina, demostrabron su altura artística.

La adrenalina descendió a un terreno más íntimo con Gods and Dogs, de Jirí Kylián (2008), sobre el Cuarteto de cuerda Opus 18, de Beethoven, trufado por los sorpresivos sonidos metálicos de Dirk Haubrich. Delicado y bello, con unos afinados Aída Badía, Mar Aguiló, Aleix Mañé y Erez Ilan, el maestro de Duato nos habla de los límites ente locura y normalidad con una puesta en escena color plata. Los agitados claroscuros y el movimiento del telón de flecos del fondo inspiraba desasosiego, mientras las extensiones de piernas y su tratamiento de la técnica de forma cristalina se enredaba con movimientos más expresionistas y espasmódicos.

Volviendo al inicio, la instantánea del saludo de Duato, inevitablemente, nos catapultó a julio de 2010, cuando dijo adiós a la Compañía Nacional de Danza en este mismo teatro, tras 20 años como director y habiendo coreografiado, en ese tiempo, una media de más de tres ballets al año. Dos décadas contratado por el Ministerio de Cultura que le permitieron obtener la relevancia artística que hoy ostenta, en las que el repertorio se basó en sus creaciones y alguna incursión cada temporada de las firmadas por los famosos coreógrafos de ballet contemporáneo, con quienes “se crió” y agrupó, léase Kylián, Mats Ek o Forsythe.

20 años en los que parecía que la historia de la danza académica en España empezaba y terminaba con Duato, y ni él debía constreñirse a esa concepción -irreal- de este arte en nuestro país, porque le limitaba, como tampoco nosotros. Hemos visto que, en estos ocho años, como director del Mijailovsky de San Petersburgo, primero, y, en Berlín, con el Ballet de la Ópera, después, no sólo ha programado clásicos, sino que incluso ha hecho sus versiones sobre la base coreográfica de Petipa-Ivanov. Es cierto que un gran ballet necesita dinero para que la producción sea grandiosa, pero el “efecto Duato” no tenía que haber producido ese rechazo hacia los clásicos entre muchos de sus incondicionales. Ballet clásico, sí, ballet clásico, no, no es la solución. Si no, díganle a la Orquesta Nacional que deje de tocar a Mozart, Falla o Stravinsky. Hablamos de la cultura de un país y de nuestra danza profesional, siempre sustentada con hilvanes.

El verdadero sentido de una compañía pública de ballet es mostrar la riqueza de estilos y técnicas existentes, el amplio espectro de grandes coreógrafos y obras de los últimos dos siglos. El sentido de una compañía pública no es el ser una compañía de autor.

José Carlos Martínez ha acertado con este programa y prepara ya su versión de El cascanueces, sobre el original de Petipa/Ivanov/Tchaikovsky, que se estrenará en noviembre en el Teatro Real. Este programa, que estará en cartel hasta el 10 de junio, es una propuesta digna de la CND y no el recientemente visto The Show Must Go On -todo un despropósito-, título en esa línea de poca danza y mucho desparpajo que algunos “venden” tan bien. Los Teatros del Canal parece que no les programaba, según nos comentaba el director de la CND, si no era con un producto que considerasen “rompedor”. Y lo peligroso de este término es que puede traernos lo que vimos. La nada. Lo que necesita la Compañía Nacional de Danza es un escenario en Madrid donde mostrar con rigor las grandes obras coreográficas de todos los tiempos. Va a cumplir 40 años, pongan los medios, gobiernos de cualquier color, para que deje de mendigar escenarios y tenga el suyo.

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