El racismo cultural es hoy un estado de espíritu de la cultura occidental, singularmente de la europea, que en España está llegando al paroxismo. Constituye en gran parte una consecuencia del racismo histórico impuesto como componente esencial de la democracia según la entienden la ideología oficiosa y oficial. Pero en él actúan otros factores: la incultura difundida por lo que Julián Marías llama los medios de confusión, los «sistemas» educativos y, aunque pueda parecer sorprendente, los llamados derechos humanos. Estos últimos, proclamados urbi et orbe, dan apariencia de respetabilidad al racismo cultural; pero infectados por la superstición igualitarista mezclada con el modo de pensamiento ideológico del que es tributario perpetuo el «pensamiento» izquierdista y, por conveniencia, oportunismo y temor, bajo la presión de aquel, el derechista, es decir, por el pensamiento politizado, han degenerado hasta el punto de convertirse en una permanente fuente de odio y persecuciones unilaterales. No obstante, a decir verdad, la izquierda dominante horra de aliento moral es una pseudoizquierda y la derecha sin instinto de conservación una pseudoderecha. Una y otra no son más que centro, cuyo monopolio se disputan. Sin ideas, apelan al racismo cultural.

Este racismo llega a extremos esperpénticos en España, empezando por el odio a la propia España, cuya existencia hasta tiempos muy próximos niegan estúpidamente historiadores de oficio, y a lo español. Destruir con cualquier pretexto todo lo que es naturalmente tradicional y nacional, «desmitificar» en nombre de la normalización cultural racista según un patrón orwelliano, se ha convertido en una especie de deporte en el que ya participa con gusto una mayoría del mundo intelectual, sobre todo las nuevas generaciones. Es la consecuencia de más de dos décadas en que la mentira pública se ha convertido en el modo de ser normal en el que han crecido ya casi dos de ellas escépticas y desilusionadas. Quizá en ninguna parte como en el mundo cultural español se manifiestan y producen con tanta furia y éxito, por no existir apenas contradicción posible, la mentira y la tergiversación ahogando la vida intelectual por el fervor con que los omnipresentes partidos políticos acogen lo equívoco y destructivo con tal que parezca novedoso y aceptable por alguna parte, aunque sea ínfima e interesada, de la opinión.

El resultado es que existen hoy en España dos culturas: la del iconoclasta e intolerante racismo cultural supuestamente progresista y liberador y la cultura normal, nacional, si se quiere tradicional, asentada en el sentido común que, por ahora, si no se produce una reacción, lleva las de perder, al tener en su contra a los poderes públicos que, carentes de ejemplaridad, se pliegan con gusto a las exigencias de ese racismo cuando no lo alientan.

El encanallamiento y la desmoralización de la vida española, ganada para el nihilismo, ha llegado así a un punto en que la atmósfera empieza a ser insoportable, siendo los principales responsables los partidos políticos, la partidocracia, pues, al ocupar la sociedad como amos absolutos, tienen la última palabra en todo y su palabra es pura demagogia. Y así la España oficial, la sociedad política tan amplia y nutrida debido a la artificiosa multiplicación de poderes e instancias públicas, se aleja cada vez más de la España real, aunque lo disimula el abrumador predominio de la pseudocultura oficialista.

Como los criterios morales los enuncian con prepotencia gentes amorales a las que sólo importan el poder y el dinero, moralmente España va muy mal. Corroidos el sentido común y el espíritu de veracidad y con ellos el deseo de realidad, la sociedad española está muy enferma y si materialmente empeorasen las cosas el porvenir de la nación puede ser muy incierto. Es una sociedad cada vez más desintegrada en la que predomina el lógico egoísmo de las situaciones políticas en las que la máxima más prudente es la de ¿sálvese el que pueda!

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