Pero no se trata solo de una reestructuración económica de los barrios, sino de la marginación de comunidades que, tal y como pudimos ver en los altercados de la semana pasada en Lavapiés tras la muerte de un ciudadano senegalés – en un barrio dónde más del 22% de los vecinos son de origen extranjero–, a menudo son racializadas y criminalizadas. Se podría decir que muchos de los nuevos residentes en los barrios gentrificados, así como algunos inversores con ánimo de lucro y tecnócratas de la planificación urbana neoliberal, sufren de aporofobiao lo que se conoce como fobia a las personas pobres o desfavorecidas. Es a lo que la filósofa valenciana Adela Cortina se refiere cuando dice que lo que molesta de los migrantes no es que sean extranjeros, sino que sean pobres.

Una de las voces más críticas y versadas de Seres Urbanos, Manuel Delgado, habla de ello como el fenómeno que perpetra un espacio público inexistentedonde solo tiene cabida “una clase media universal y feliz, a solas consigo misma en un mundo sin conflictos y sin miseria”. Si nos fijamos, cuando hay una mayor gentrificación en los barrios, y por lo tanto una mayor criminalización de la pobreza, a parte de una consecuente expulsión hacia el extrarradio a partir del incremento del precio de los alquileres, también se produce una mayor afluencia de fuerzas de seguridad y fuerzas del orden ante denuncias recurrentes de los nuevos vecinos por ruido o actividades que si bien antes eran consideradas “normales”, ahora se vuelven “sospechosas”. En algunas ciudades de Estados Unidos, por ejemplo, este fenómeno es visto como una nueva forma de colonización, donde los nuevos vecinos se muestran incapaces de comprender o respetar las normas sociales de su nuevo vecindario e imponen su propia forma de vida. Para muchos, esto es una nueva forma de apartheid urbano.

“No en mi barrio”

Durante más de 3 años, el sudafricano Kurt Orderson siguió al colectivo de vigilancia contra la gentrificación y la brutalidad policial Wecopwatch de Nueva York, especialmente, tras el ascenso al poder del magnate inmobiliario Donald Trump. También rastreó el legado del Apartheid en la planificación urbana de Ciudad del Cabo, donde reside, y analizó como sus huellas siguen latentes en la gentrificación moderna de barrios como Woodstock. Conectando historias intergeneracionales de vecinos que luchan por el derecho a su ciudad, su documental Not In My Neighbourhood –o No en mi barrio–, cuenta la lucha de los ciudadanos contra la naturaleza interseccional de la gentrificación en Ciudad del Cabo, Sao Paulo y Nueva York.

La cinta, de 90 minutos de duración, explora los efectos de diversas formas de violencia espacial sobre la mentalidad social de los ciudadanos, mostrando cómo las distintas comunidades articulan una respuesta a un tejido urbano cambiante. Retratando a sus personajes como ciudadanos activos y en pie por el derecho a la ciudad, el director Kurt Orderson invita al espectador a realizar un viaje por la vida cotidiana de las urbes y muestra cómo sus residentes experimentan y combaten la violencia espacial a diario. Orderson nos muestra cómo, a medida que las ciudades de todo el mundo se catapultan a sí mismas como ciudades globales, el coste social es incalculable.

Explorando los puntos de disputa entre los marginados y los privilegiados de las ciudades, Not In My Neighbourhood expone las culturas paralelas dentro de nuevos espacios físicos compartidos, donde se evidencian conflictos entre sistemas de valores diferentes y tensiones derivadas de las prácticas neoliberales del uso de la tierra. Tres ejemplos en los que encontraremos sobrados paralelismos con nuestros propios barrios. Porque las historias de exclusión y resistencia se repiten, lamentablemente, entre los Seres Urbanos de todo el mundo.

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