Fue Jakob Wassermann, de quien hablábamos aquí el otro día a propósito de El caso Maurizius, quien presentó en 1897 a Lou-Andreas Salomé y a Rainer María Rilke en Múnich. Lo cuenta la escritora en Mirada retrospectiva, su peculiar balance autobiográfico, que ha vuelto a editar Alianza. Rilke tenía 22 años y había publicado tres poemarios. Lou era 15 años mayor que él, llevaba casada 10 con el lingüista Carl Friedrich Andreas y ya había publicado media docena de libros, entre ellos su estudio sobre su íntimo amigo, Friedrich Nietzsche. Rilke y Salomé se hicieron apasionados amantes por un tiempo, viajaron después a Rusia -donde conocieron a Tolstoi- y ella escribió, en forma de diario, un libro, Rusia con Rainer. Siguieron siendo amigos y manteniendo correspondencia hasta la muerte del poeta. El matrimonio de Salomé con el lingüista duró, sorprendentemente, hasta 1930, cuando él murió, pero jamás se consumó.

Nietzsche, Rilke, Freud. Las amistades y los amores ilustres -y no tan ilustres- de Lou-Andreas Salomé han terminado por distorsionar su imagen. De un lado, Lou, mujer atractiva y libre, aparece envuelta en una aureola erótica, que no se corresponde con su auténtica personalidad, poco dada a los enamoramientos. De otro, su figura sufre una restricción al ser asociada a la compañía de hombres egregios. Cierto es que tales compañías hablan de su capacidad intelectual y que los testimonios de ella sobre ellos y de ellos sobre ella tienen un indudable interés histórico, pero Salomé fue una mujer inteligente y preparada por sí misma, estudiosa, seria, trabajadora y productiva, como demuestran sus novelas y ensayos, con independencia de que su obra literaria y científica no tenga, ciertamente, una relevancia y singularidad excepcional.

«Conviértete en lo que eres», le dejó dicho su padre, un general ruso que murió cuando ella tenía 16 años. Y ella lo hizo, y fue una mujer moderna, interesante e independiente. Nacida en San Petersburgo, hermana menor de cinco varones, Lou tuvo una madre -muy rica por casa- que estableció límites y vigilancia a su deseo de viajar y formarse como cualquier hombre, optando, sin embargo, por acompañarla a Zúrich para que ella, de salud delicada, estudiara Teología y Filosofía, desarrollando sus preocupaciones por la religión y sus lecturas tempranas de Kant y Spinoza.

La madre también la acompañó a Italia, donde Salomé, en 1882, conoció al filósofo alemán Friedrich Nietzsche. El autor de Así habló Zaratustra (1883-1885) debatía con Lou y quedó fascinado con ella hasta el punto de proponerle matrimonio. Salomé rechazó la oferta como también rechazó una idéntica sugerencia del filósofo y médico alemán Paul Rée. Con sus más y con sus menos, con celos, recelos y disputas, los tres formaron un inestable trío amistoso que se inmortalizó en una famosa y controvertida fotografía en la que los dos pensadores parecen ser los animales dispuestos a tirar de un carro sobre el que Salomé maneja un látigo.

Con estos materiales y otros más, el perfil de Lou-Andreas Salomé, sobre el resbaloso suelo de la leyenda, se prestaba, como he dicho, a las distorsiones y a las especulaciones sexuales. Y es lo que hizo, con influencia duradera, la siempre intensa y efectista cineasta italiana Liliana Cavani en su película Más allá del bien y del mal (1977), interpretada por la bellísima y sensual Dominique Sanda.

En el polo opuesto, con ánimo más objetivo, se ha situado ahora la directora alemana Cordula Kablitz-Post, quien, en Lou-Andreas Salomé (2016), desde la vejez hacia atrás, realiza un biopic de la escritora. La película no ha gustado a la crítica -no la he visto-, pero parece que ha encontrado espectadores -y espectadoras- que la juzgan interesante y aceptable, tal vez -deduzco- por su curiosidad y atracción hacia la autora de las novelas En lucha por Dios (1885) y Ruth (1896).

En esta película tiene un papel relevante Ernst Pfeiffer, uno de los últimos amigos de Salomé. Pfeiffer fue el editor y anotador -las notas son aquí fundamentales- de Mirada retrospectiva, compendio de los recuerdos de Salomé que se publicó en 1951, 14 años después de la muerte de la escritora en Gotinga.

En Mirada retrospectiva hay más de 20 páginas dedicadas a Sigmund Freud, con quien Salomé se formó. La escritora, que ejerció como psicoanalista y escribió sobre el narcisismo y la sexualidad femenina, conoció al padre del psicoanálisis en 1911 y tuvo una estrecha relación amistosa e intelectual con él y con su hija Anna. Su abundante correspondencia durante casi 25 años está publicada.

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