El París de Henri de Toulouse-Lautrec siempre fue el de los cafés mordaces y los cabarets deslenguados. La complicidad que de día le negaron los salones más elitistas, a causa de su corta estatura y de los problemas de salud que arrastraba por la consanguinidad de sus padres, se la supo brindar de noche el barrio de Montmartre, que también le ofreció la compañía de figuras como Edgar Degas. Embriagado por la sensualidad y el bullicio de la bohemia parisina, contorneó con pulso firme todo ese hedonismo en punto de ebullición, lo tiñó de colores y lo enmarcó con los originales enfoques que, influenciados por el arte japonés, siguen redondeando su firma décadas después.

Haciendo acopio de 65 obras del propio Toulouse-Lautrec y de artistas coetáneos como Alfons Mucha o Jules Cheret, la Fundación Canal dedica su nueva exposición al cartel y a la reivindicación que encabezaron para elevar este género a la categoría de obra de arte en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Así pues, Toulouse-Lautrec y los placeres de la Belle Epoque trae por primera vez a España una de las dos únicas colecciones completas que existen de los encargos del pintor francés, procedente del Musée d’Ixelles.

Devoto intérprete de esa agitación que consigo trajo la Belle Époque, Toulouse-Lautrec acostumbró a plasmar en sus dibujos los mismos rostros y semblantes con los que a menudo convivía. Allí estaban, por ejemplo, su gran amiga Jane Avril, famosa bailarina del Moulin Rouge, o el cantante Aristide Bruant, que llegó a amenazar con no actuar en el elegante Café Les Ambassadeurs si su dueño no exhibía el cartel que Toulouse-Lautrec pintó para la ocasión. Actores, burgueses, payasos y prostitutas se convirtieron así en los protagonistas más asiduos de sus trabajos. Al son del frenético cancán, todas las clases sociales se daban cita entre las sillas de Le Chat NoirLe Lapin Agile o Les Folies Bergère.

Reflejo vital

Con esa síntesis expresiva que tanto le caracterizó, las pinceladas rápidas y los perfiles a medio esbozar se convirtieron en el mejor reflejo de su carácter inquieto y nervioso. En medio de ese maremágnum de sombreros empenachados, enaguas con volantes, medias negras y tacones altos, el artista fue bosquejando su particular universo, en el que lo mismo cabían el alborozo de las salas de fiesta que la magia del circo. Tampoco faltaron otros encargos que hoy atestiguan el nacimiento de nuevos placeres de la sociedad de consumo que se comenzaba a fraguar con la industrialización: desde bicicletas hasta botellas de champán.

A diferencia de Van Gogh, el francés sí llegó a gozar en vida del reconocimiento que ahora le sigue acompañando tras su muerte. Con 21 años, pudo ver cómo sus trabajos ya ilustraban libros, revistas y periódicos, y su prolífico legado cuenta hoy con más de 1.000 pinturas y acuarelas, 5.000 dibujos y 370 litografías. Pese a que sus últimos días transcurrieron postrado en una cama tras pasar una larga estancia en un sanatorio mental, donde su familia le ingresó para intentar ayudarle con su alcoholismo, su filosofîa vital bien puede resumirse en una frase que él mismo pronunció: “Yo soy feo pero la vida es hermosa”.

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