“Uno de los problemas de la historia es que siempre la tiene que escribir alguien. Y siempre lo hace el que mejor maneja la propaganda, no necesariamente el vencedor”. Con esa frase dio comienzo al curso La novela al rescate de la historia , cuyo organizador es el periodista y escritor Antonio Pérez Henares. Entendido como un cónclave de reconocidos novelistas históricos, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander es testigo esta semana de las ponencias de premiados escritores, como Javier Sierra y Juan Eslava Galán o férreas detractoras de la leyenda negra española, como Elvira Roca Barea o Isabel San Sebastián. Todos ellos con una tesis unívoca: la mejor manera de divulgar de manera efectiva los hechos históricos es a través de la novela.La intervención inicial del organizador se centró en la construcción cultural de los mitos de la conquista: “Hemos visto mil películas sobre cómo los vaqueros bajaron las reses del norte o sus robos, pero ninguna sobre cómo demonios llegaron esas vacas ahí. Los americanos han sabido construir una historia rellenando los huecos históricos con una ficción exquisita, por ahí pasa todo. ¿Dónde están las películas sobre la llegada a América?”. En una línea de argumentación parecida se expresó Fernando García de Cortázar, historiador, en una entrevista con EL MUNDO: “Si Gran Bretaña es el país europeo al que menos le afectan las visiones que sobre él se dan desde el exterior, España es, por el contrario, la nación a la que más le influyen la opiniones que sobre ella se dan más allá de sus fronteras”. Esa especie de vergüenzas episódicas y nacionales que explica el historiador deberían, en sus palabras, ser subsanadas, pero sin caer en “banalidades imperialistas” de la visión sesgada que se implantó durante la dictadura: “España fue mucho tiempo el gran faro de Occidente, con su gran luz, pero también con una sombra muy alargada”.Para la también historiadora y escritora, Elvira Roca Barea, subsanar la leyenda negra se reduce a una mera cuestión de agravio comparativo: “Antes de la Segunda Guerra Mundial, la persecución ideológica más explotada desde la ficción siempre fue la de los judíos en España, como si fuera un fenómeno aislado, ¿por qué?”, se pregunta antes de continuar: “En Italia hay pueblos pesqueros en los que la persecución de judíos dejó una huella hasta en la propia ordenación urbanística”. Roca Barea hace así referencia a una de esas curiosidades históricas olvidadas y tan llamativas como terribles, la de los trabocchi: casetas precarias construidas encima del mar y en tiempos fenicios que habitaron los judíos aislados de la sociedad en la Edad Media.Anécdotas históricas aparte, la siempre controvertida conquista de América ha sido el tema central de la mayoría de ponencias. Para Pérez Henares, la condena histórica hay que achacarla al continuo revisionismo: “No podemos juzgar a Pizarro y Atahualpa por no leerse la declaración de Ginebra”, dijo con sorna. Según José Calvo Poyato, autor de obras como Jaque a la Reina, buena parte de la visión tan negativa de la conquista pasa por la “concepción déspota” que se tenía de los monarcas españoles en Europa. Y así lo cree también Roca Barea: “La dinastía borbónica no deja de ser una dinastía ilustrada a la francesa y, al llegar a la corona, adoptó como propias todas esas ideas de la España diabólica que se venían argumentando desde las demás potencias”. Por su parte, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga aportó un interesante punto de vista: “Obviamente los conquistadores no tuvieron en consideración los derechos de los indígenas hasta varios años después del descubrimiento, pero la mayoría de las muertes hay que achacarlas a los agentes biológicos y no a una conquista despiadada”. En efecto, los historiadores convienen en cifrar hasta en 45 millones los indígenas muertos por causas relacionadas con sarampión, varicela, fiebre amarilla y malaria.¿Y cómo se impone entonces el rigor histórico a la leyenda negra en el relato cultural moderno? La mayoría de los ponentes enfocaron las soluciones hacia el mundo educativo. Según la periodista Isabel San Sebastián: “Si todos los niños franceses saben quién es Juana de Arco y qué hizo, ¿por qué los niños españoles no conocen a Pelayo o El Cid o, peor, creen que son personajes inventados?”. Precisamente la figura del Cid centró la intervención del que fuera premio Ateneo, Jesús Maeso, pero con una posición bastante más crítica: “Al Cid, que incluso llegó a luchar del lado moro, se le han atribuido características que rozan lo ridículo. Reivindicar su figura de esa manera acaba dando un mensaje erróneo que los continuistas de la leyenda negra han sabido capitalizar”. Lo innecesario de la mentira histórica para enaltecer el pasado lo concretó Juan Eslava Galán: “Tenemos figuras históricas tremendamente reivindicables que hemos parecido olvidar, como Blas de Lezo o Juan Sebastián Elcano”.Más allá de ese “presentismo imperante” con el que fueron tan críticos los ponentes, el gran cometido del cónclave era el de reivindicar la novela histórica como la mejor vía para despertar interés por los grandes hechos del pasado. Así, el que fuera asesor del director Ridley Scott durante el rodaje de 1492: La conquista del paraíso, José Corral, sintetizó las claves del éxito: “Se debe conseguir una recreación arqueológica para que historia y ficción no chirríen al lector. Todo pasa por la verosimilitud”. Más allá de la eterna lucha entre la revisión y el orgullo imperial que viene contaminando el relato cultural de la conquista, las conclusiones de La novela al rescate de la historia bien pueden resumirse en las palabras pronunciadas por Fernando García de Cortázar que cerraron su intervención: “El descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo despojó a los pueblos vencidos, pero con las carabelas llegaron también Grecia, Roma, el Renacimiento, la imprenta y las universidades. Es preciso recordar que no todo fue oro y codicia; es preciso recordar que hay mucho que recordar”.

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