En los lugares más recónditos yacen algas o esponjas marinas que atesoran ‘diamantes’ con un enorme potencial para luchar contra el cáncer o el Alzheimer

Cada vez más proyectos internacionales, instituciones y farmacéuticas invierten sus esfuerzos en el fondo del mar. España está a la cabeza de esta revolución

Las profundidades marinas del planeta atesoran miles y miles de secretos. Entre ellos, las ‘perlas’ del océano que un día se convertirán en la esperanza de millones de personas afectadas por enfermedades huérfanas de tratamiento o con medicaciones inefectivas. Son las ‘joyas’ del mañana, en forma de nuevos fármacos.

Hoy, los océanos son una de las grandes apuestas de la ciencia. Cada vez más proyectos internacionales, instituciones y farmacéuticas ponen el foco de sus investigaciones en el fondo del mar para luchar contra males tan diversos como el cáncer, la epilepsia o el Alzheimer. Y, en este desafío titánico, España ocupa un lugar relevante.

“El mundo necesita nuevos fármacos, sobre todo antibióticos, y muy urgentemente”, sentencia Fernando Reyes, director del departamento de Química de la Fundación Medina, dedicada a la investigación de compuestos innovadores. Según argumenta, “el mal uso de este tipo de medicamentos está creando un grave problema de resistencia” que causa al año unas 700.000 muertes en todo el mundo. Y el escenario no es muy prometedor: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que, de no tomar medidas inmediatas, esta cifra alcanzará los 10 millones en el año 2050.

A partir de esta preocupación nació ‘PharmaSea’ en 2013, para explorar fondos desconocidos en busca de nuevos compuestos que permitan afrontar esta amenaza y también contra enfermedades del sistema nervioso central, como la epilepsia y el Alzheimer. Con financiación de la Unión Europea, un total de 24 instituciones de 13 países, entre los que destaca la Fundación Medina y la Universidad de Santiago de Compostela, se han zambullido en los lugares más remotos del planeta.

Gracias a inmersiones en zonas como la Antártida, han “encontrado moléculas con actividad antimicrobiana, contra las convulsiones y con capacidad antiinflamatoria”, explica Reyes. Pero éste es sólo el inicio de un largo proceso: “Para pasar de la molécula a un fármaco hay que realizar ensayos en animales y después en humanos y eso requiere un nuevo proyecto e inversión renovada”.

La mayoría de estos hallazgos se encontraban custodiados por algas y esponjas marinas. “Son las que más moléculas generan para defenderse”, argumenta María Jesús Uriz, bióloga marina del Centro de Estudios Avanzados de Blanes del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CEAB/CSIC). “Dado que no se pueden desplazar, desarrollan un mecanismo para no ser devoradas que consiste en la continua producción de estas sustancias que se han ido acumulado durante millones de años, formando estructuras químicas originales, exclusivas, que no tienen réplica en la tierra y con mecanismos de acción totalmente novedosos”, añade esta experta, que desde los años 80 investiga nuevos medicamentos de origen marino en el marco de cinco proyectos europeos y tres nacionales, en colaboración con distintas farmacéuticas europeas y especialmente con Pharmamar.

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