“Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”, afirma Ítalo Calvino. Es que volver sobre el mismo texto no solo nos habla de la insistencia de esa ficción poderosa que puso un pie en la realidad y se quedó atascada ahí, durante siglos, como la espada de Excalibur o las obras de Shakespeare, sino que nos marca ese umbral que tintinea en todos los cambios de época: la sociedad es ahora diferente y por tanto, en ese texto invariable, puede ver su propia metamorfosis.

Hamlet de Patricio Orozco es sumamente fiel al texto shakespeariano y a la cosmovisión isabelina. Casi no falta nada y desde la primera escena se plasma la correspondencia entre el plano celestial y el terrenal, entre el macrocosmos y el microcosmos. Comenzamos, entonces, mirando hacia arriba y después caemos en el ring del anillo político. El escenario, una corona fragmentada y carcomida de corrupción, marca los límites de la cárcel mental que Hamlet proyecta en Dinamarca. El suelo funciona como un reflejo que deforma y opaca cualquier figura, incluso aquellas que se envuelven en trajes brillantes como la de Claudio. Solo un especialista como Orozco consigue que cada elemento escénico contribuya a recrear una mentalidad como la del mundo isabelino, donde nos sea posible perseguir el rastro expansivo que dejó aquel desequilibrio inicial que amenaza con tironear todo hacia el caos. Y solo un director como Orozco nos podría acercar a un Hamlet desmesurado, intrépido, desprolijo, lúcido, febril, malévolo, inseguro, inmenso. Alberto Ajaka realizó el trabajo de su vida componiendo este Hamlet a la medida de Orozco. Su dominio es tal que aún si olvidara una línea podría inventarla y sonar absolutamente shakesperiano. Su melancolía es fresca y su resistencia a la farsa familiar resulta creativa, contemporánea.

Con casi tres horas de teatro clásico y de preeminencia textual, las localidades para Hamlet se agotan en seguida. ¿Es que en nuestras tierras abunda el público experto, conocedor de Shakespeare o es que el juego con la actualidad que propone Orozco estaba faltando? A pesar de todo el esfuerzo teatral para que la puesta sea minuciosamente fiel al Bardo, vemos al príncipe Hamlet y se nos presenta como un millennial. Los adultos dentro y fuera de la obra se preguntan: ¿por qué está tan melancólico si es un príncipe?, ¿qué planes tiene?, ¿por qué no regresa a la universidad?, ¿qué espera para cumplir con su promesa? En resumidas cuentas: ¿qué separa a su generación de la de los adultos? O al contrario, ¿qué lo une? Cuando Hamlet padre aparece y encarna la exigencia del ideal, el hijo asegura que obedecerá pero en cambio comienza a cuestionarlo todo, incluso si habló con el espectro de su padre o con un demonio del infierno, y ahora tendrá que resolver si persigue aquel ideal que no le es propio o si en cambio rechaza el pasado.

En medio de este dilema, la metateatralidad shakesperiana nos remite ahora a cualquier adolescente que a modo de descanso entre rebelión y rebelión, edita en redes sociales textos antiguos, canónicos, para en esa intervención construir una voz propia o una mera disidencia. Hamlet intercala versos propios en El asesinato de Gonzago y así, los adultos se incomodan, se retiran ofendidos. Pero después se rearman, pelean el territorio, envían al pobre Hamlet al extranjero. Esta es una de las batallas que más le interesa representar a Orozco. Pero hay otras más.

¿Qué pasa con los personajes femeninos en esta puesta? ¿Son sinónimo de fragilidad? Leonor Benedetto representa a una Gertrudis que no se escapa de las preguntas de Hamlet sino que decide cuándo abandonar una discusión sin comprometerse y cuándo sostenerla hasta el final. La Gertrudis de Orozco, enamorada de Claudio o no, es, al menos, fogosa. Hay en esta composición, un novedoso trabajo de mezcla entre lo alto y lo bajo que descansa en la dignidad del porte propio de una señora madre (más que de una reina) que se vuelca invariablemente hacia una sensualidad lúdica y adolescente que despierta la más punzante irritación en Hamlet. Este conflicto parece reducirse ahora al rechazo por parte de un joven, quien sabe resguardar su intimidad de su familia y sus espías, ante la exposición de la vida amorosa de su madre que no puede contenerse ni colocar filtros porque tiene una sexualidad exuberante.

La otra decisión fuerte del director sobre el mismo tema es la relativa a Ofelia. Este personaje siempre fue uno de los más enigmáticos de Shakespeare dada su absoluta sumisión ante su hermano y su padre. Acá, sin embargo, es un personaje risueño, vital, que escucha las palabras de los hombres que la rodean con un grado visible de indiferencia y amor propio que hacen sospechar que ella tuvo a pesar de todo un espacio de libertad inalienable más allá de su locura.

¿Por qué volver sobre los clásicos? Para volver sobre nuestra mirada y descubrir qué preguntas nos desvelan hoy. ¿Por qué ver Hamlet en el Centro Cultural de la Cooperación? Porque hay que amar a Shakespeare para homenajearlo con una fidelidad sin límites y con un trabajo de dramaturgia que es necesario ver para creerlo.

Traducción, adaptación y dirección: Patricio Orozco.

Elenco: Alberto Ajaka, Leonor Benedetto, Antonio Grimau, Patricio Contreras, Paloma Contreras, Sebastián Pajoni, Pablo Mariuzzi, Hernán Jimenez, David Masajnik y Sebastián Dartayete.

Iluminación: Gonzalo CórdovaEscenografía: Emilio Basaldúa – Patricio OrozcoVestuario: Mini Zuccheri

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