Barcelona, 02.07.2018 Inauguración y primer espectáculo del Festival de verano de Barcelona en el teatro Grec de Montjuic. La alcaldesa Ada Colau, la consejera de Cultura Laura Borras y otras autoridades han asistido al estreno de la obra EL POEMA DE GUILGAMESH, REY DE URUK. Foto: Santi Cogolludo

El ‘Gilgamesh’ de Oriol Broggi da inicio al festival con una versión técnicamente impecable pero poco emotiva

Atardece en el anfiteatro. Más griego que nunca, el escenario del Teatre Grec se ha cubierto de arena. Una arena primordial, la que sepultó los templos de Mesopotamia, la que se excava para descubrir las más antiguas leyendas escritas sobre tablillas de arcilla, perdidas durante milenios. La epopeya de Gilgamesh emerge de la tierra que los actores pisan descalzos en un escenario falsamente desnudo: la escenografía es natural, de arena y roca, de árboles y de un cielo aún diurno que marcará el tempo de la representación, arrastrándonos a la noche más oscura a medida que la obra avance, hasta que «el mundo quede sumido en las tinieblas»(versos babilónicos). El Festival Grec alzó ayer el telón con las entradas agotadas y una obra difícil, arriesgada:un clásico desconocido, El Clásico mayúsculo de la civilización, escrito hacia el 2.600 a.C., antes que la Odisea, la Biblia o el Mahabharata. Pero el espectador contemporáneo no está familiarizado con Gilgamesh y su alter ego Enkidu (que es el protagonista real de la primera parte de la obra), con los dioses de nombres exóticos (Ishtar, Enlil, Shamash, Aruru) y con los episodios de una mitología algo herméticaque la mayor parte del público barcelonés escuchaba por primera vez. Adaptar el Gilgamesh es una empresa compleja. Yla versión de Oriol Broggi y La Perla 29 resultó técnicamente impecable, fiel al espíritu del texto, pero no logró emocionar, no se produjo la catarsis colectiva. Más que ver a Gilgamesh, fuimos a que nos contaran Gilgamesh.A oír la belleza de los versos sumerios, que no es poca cosa. Pero la épica quedó algo descafeinada. Broggi apuesta por que los cinco actores principales -que no salen nunca de escena- interpreten todos los roles, cinco actores que son uno, que funcionan como un coro antiguo, como un narrador omnisciente que tanto ejerce de protagonista como de secundario. Perfecta la sincronización de Màrcia Cisteró, Toni Gomila, Sergi Torrecilla, David Vert y Ernest Villegas, cinco que respiran y se mueven al unísono. Y aquí se nota el gesto de Marina Mascarell, una de nuestras mejores coreógrafas que ha diseñado el movimiento del espectáculo. Una coreografía sutil, de gestos que también son narración. Allí donde no llega la palabra, lo hace la danza. Una danza contenida y simbólica, que aporta elegancia al espectáculo y convierte a los cinco actores en un solo cuerpo. Los momentos coreográficos sintetizan especialmente bien el sexo o las luchas (el despertar de Enkidu con una cortesana o la lucha contra el Toro Celeste). Fue el director del Grec, Cesc Casadesús, quien tuvo la visión de poner en contacto a Mascarell y a Broggi para que trabajaran juntos en la obra, uno de los grandes aciertos de este Gilgamesh. Como la música. Aún era de día cuando el compositor griego Yannis Papaioannou se sentó sobre una alfombra oriental llena de instrumentos:que si un laud, que si un bouzouki… Y acompasó unas melodías profundamente mediterráneas, de notas armenias y griegas, a la narración.

Colau y Borràs, junto a Pisarello y Mascarell, ayer en el Grec. SANTI COGOLLUDO
El poema de Guilgamesh, rei d’Uruk empezó a una hora temprana: las 21 en vez de las 22 horas habituales. Decisión de Broggi, que buscaba una obra que avanzara con el crepúsculo, como lo hizo Peter Brook con el Mahabharata. Incluso el crepúsculo se hizo metáfora de las aventuras de Gilgamesh: de la luz a la oscuridad, de la vida a la muerte. Y, en el tránsito, las sombras sobre la pared de piedra. Sombras que crean monstruos como Humbaba. Y sombras poéticas que dibujan el propio rostro de Gilgamesh en la roca de Montjuïc. Gilgamesh es una epopeya de héroes y dioses. Un texto fundacional que habla del Diluvio Universal, de la amistad y de la inmortalidad, uno de los textos más bellos de la literatura universal, algo que Broggi quería transmitir. Los versos se recitaban con un eco mítico. La sensación de que nos contaban un cuento se potenció cuando los cinco que son uno -ahora son Gilgamesh- se sientan a los pies de Utnapishtim (Lluís Soler) para oír su historia. Y qué bien la cuenta Soler. Gilgamesh ha llegado al final de su viaje, ha cruzado bosques y desiertos, se ha adentrado en la laguna, para encontrar al sabio Utnapishtim, el héroe que sobrevivió al Diluvio y al que los dioses concedieron la inmortalidad. Un cuento para una noche de verano con un final efectista: una treintena de técnicos y miembros de La Perla en escena cantando.

OPINÁ

Compartir