Entre 1914 y 1924, el arte ruso jugó a desmontar el mundo: Eisenstein, Popova, Rodchenko, Maiakovski… arrasaron con todo. Y de ello da fe la exposición: 500 obras entre pinturas, ‘collages’ y películas

El Cabaret Voltaire de Zúrich fue la Capilla Sixtina del dadaísmo, aunque no era más que un galpón en una callejuela con olor a embutido barato. En el número 1 de la Spiegelgasse se concretó uno de los desafíos más incalculables del arte europeo del siglo XX: Dadá. Poetas, músicos, pintores, fotógrafos, espontáneos, diletantes, directores de cine y alguna otra especie por anillar dieron cuerpo y sinsentido al movimiento más anarquista de los que conformaron poco después la locomotora de las vanguardias históricas.

Dadá llegó para desacralizarlo todo, con el poeta Tristan Tzara a los mandos. Lo inmediato, lo aleatorio, lo irregular, lo espontáneo, lo averiado y la contradicción eran la leña para prender el nuevo fuego. Se promulgó la libertad radical del individuo y así fue dispersando y contagiando su mensaje. La Primera Guerra Mundial había dislocado Europa en 1914 y las mujeres y hombres de Dadá reaccionaron contra la demencia general de la guerra. La batalla acabó y aquellos creadores siguieron por su camino torcido, buscando, explorando, escandalizando. Ya no sólo en Francia. También en Suiza, Italia o Alemania. Y de un modo extraordinario, en Rusia. Dadá caló en la URSS. Entre 1914 y 1924, cuando la muerte de Lenin (asiduo del Cabaret Voltaire en sus años de exilio), decenas de artistas rusos encontraron en el constructivismo y el dadaísmo una nueva forma de descifrar el mundo. Revelar ese momento difuminado durante décadas es el propósito de la exposición Dadá ruso, que acoge el Museo Reina Sofía hasta el próximo mes de octubre y de la que es comisaria Margarita Tupitsyn.

Casi un centenar de artistas, algunos inéditos en España, la mayoría rusos y todos conectados en una red que no sólo vinculaba a los nativos, sino que los cabos llegaron a las ciudades en las que Dadá se fue constituyendo como una revolución sin programa: Zúrich, París, Berlín, Nueva York… En un despliegue de 500 obras entre pintura, collage, fotografía, dibujo, películas, documentos y publicaciones. «Dadá fue incómodo para el poder ruso», explica Manuel Borja-Villel. Su espíritu lúdico, su redoble de risas, el antimilitarismo y la crítica formaban parte del cañamón principal de esta aventura. «También el anarquismo, que durante algunos años tuvo prestigio en la URSS, pero después fue aplastado. El cubo negro de Malévich fue un símbolo de esto mismo. El negro era el color del anarquismo… El siglo XX es el de Picasso, pero también el del arte ruso».

Tantos de aquellos creadores efervescentes (Eisenstein, Kuchónij, Maiakovski, Stepánova, Rodchenko, Popova, Rozanova…) levantaron un mundo visual que no era exactamente paralelo al mundo, sino su revés, su consecuencia, su protesta y su negación. Una década fascinante donde la propuesta era no llegar a ninguna meta, sino avanzar, romper la linde entre alta cultura y arte popular. No detenerse jamás. «Todos van en busca de una abstracción totalmente abierta que tiene sus antecedentes en el cubismo y que desde ahí se aventura hacia la crítica y la autocrítica siendo cada vez más incómodos al poder, más sospechosos, más enemigos», explica Manuel Borja-Villel.

El bolvechismo estaba tomando posiciones cada vez con más desvarío y violencia.La fuerza del pueblo era cada vez menos del pueblo. Los artistas que habían sido venerados comenzaban a ser cuestionados. Y faltó la llegada de Stalin para que aquellos años pasasen de ser un espacio en expansión a un espacio de aplastamiento del arte nuevo en favor de otro mucho más plano, panfletario y falso. La exposición da cuenta de cómo la fusión de lenguajes, la negación del arte clásico, lo performativo y la complicidad entre lo visual y lo verbal establecían una nueva astronomía artística, tantas veces jugando fuera de la lógica y planteando otras formas de conciencia.

Bastaron dos revoluciones para tirarlo todo al suelo. Y sobre todo bastó Stalin. De nuevo, Stalin. «Por eso el Dadá ruso debe ser entendido desde su carácter específico, en su excepcionalidad, tan alejada en principio de las dinámicas del gusto», explica el director del Reina Sofía. Resulta sorprendente descubrir a través de la exposición las muchas formulaciones del dadaísmo ruso y cómo se vinculó a expresiones y artistas que estaban en esos mismos años redibujando el mapa del arte: Duchamp, Man Ray, Chaplin, Picabia, Tzara… No fue una aventura autista ni localizada, sino el impulso afiebrado hacia un arte que no tenía un afán de canonizarse. Al contrario, su inquietud arde en todas direcciones. La Revolución de Octubre, en su propuesta, era de algún modo la culminación de las aspiraciones políticas de Dadá, según el teórico literario Roman Jakobson. Pero el largo proceso de tala contra el constructivismo ruso y el rodillo del realismo socialista dejaron el aquelarre de Dadá en tierra de nadie. «Hoy el arte ha sustituido al petróleo y al oro como valor estable», comenta Borja-Villel. Pero tenía más fuerza cuando era la molécula del absurdo la que fecundaba aquella otra forma de entender la cuestión del arte. Lo que se llamó Dadá.

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