“Diestra”, dije. “¿Por qué?”.

Cuando nos detuvimos en el último escalón, me rodeó con los brazos y me dio un abrazo apretado mientras acercaba sus labios hacia mi cuello. De repente, mi visión se nubló ante una súbita sensación de dolor insoportable: sentí que enterró sus dientes en mi hombro derecho.

Había experimentado dosis de dolor a lo largo de los años —un brazo roto, una cortada en la barbilla—, pero nada como esto. Nunca intencional.

Más temprano esa noche, cuando terminó nuestra tercera cita, me había preguntado si podía marcar con una mordida mi incursión en el BDSM (una combinación de las letras iniciales en inglés de Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) y yo había dicho que sí. No pensé que realmente fuera a hacerlo.

Tras relajar la mandíbula, me dio un beso en la mejilla y las buenas noches. Luego se fue.

Pasé por el torniquete del metro aturdida, apenas consciente de la gente a mi alrededor. Sentía mi piel palpitar.

Llegué a la plataforma temblando por las endorfinas mientras pasaba los dedos por debajo de mi abrigo para sentir las marcas diminutas que su mordida había dejado sobre mi hombro. No fue sino hasta después que descubrí que había preguntado si era diestra para poder morderme donde descansaría mi bolso, a fin de que el dolor me recordara su presencia.

Caray, me había dolido mucho. ¿En qué diablos me estaba metiendo?

“¿Estás bien?”, me escribió Dan, minutos después.

Me quedé mirando la pantalla. Si quería arrepentirme, ese era el momento. “Nos vemos en dos semanas”, contesté.

No había buscado salir con nadie. Todavía me estaba recuperando de cómo terminó mi relación anterior con un periodista, que rompió conmigo después de que le conté sobre mis batallas con el alcohol y sobre mis problemas familiares.

Ocultar las partes caóticas de mi ser se me daba naturalmente. Lo había hecho toda mi vida.

El periodista y yo nos habíamos conocido en OkCupid, mientras yo estaba de gira con mi banda por el sureste de Estados Unidos. Todos los días nos enviábamos una sola foto de nuestras excéntricas vidas laborales: la carrera de Nascar que vi en Charlotte, Carolina del Norte; la fábrica de triciclos que él visitó en Queens.

Con la distancia oculté lo que prefería que no viera: mi recaída, con merlot barato, cuando estaba en Raleigh, Carolina del Norte. Aquella vez que me puse a llorar en una parada de camiones en Duluth, Georgia. Eran tiempos difíciles. Mi padre estaba hospitalizado y a punto de morir. Pero yo quería parecer “divertida”, así que ¿para qué agobiar a mi entonces novio con detalles innecesarios?

Hicimos los gestos relacionados a construir una relación: cocinábamos juntos la cena y veíamos películas. Sin embargo, cuando me preguntaba por qué no había bebido, yo inventaba excusas sobre las reuniones que tenía muy temprano por la mañana. Ocultar las partes caóticas de mi ser se me daba naturalmente. Lo había hecho toda mi vida.

De niña, había aprendido a ocultar quién era para evitar molestar a mi padre, un inmigrante egipcio. En mi adolescencia, comencé a sufrir depresión crónica, pero mi padre no era del tipo de hablar sobre tus sentimientos, así que comencé a beber a escondidas tragos de la ginebra Tanqueray que él guardaba en la nevera. Me volví una música que se iba de gira y en mis cortas visitas a casa manteníamos un acuerdo tácito: yo no lo iba a molestar discutiendo mi verdadera vida y él no iba a preguntar.

Le conté todo al periodista la noche antes de abordar otro avión, este a Texas. Fue demasiado para él. Y después mi padre murió y me hundí en la desolación. Respecto a salir con otras personas, me sentía inútil. Pensaba: ¿para qué me tomo la molestia? Tan pronto como un tipo se entera de mi bagaje emocional sale corriendo. Para eso, sería mejor que saliera a caminar portando un letrero de “Peligro: difícil de sobrellevar” pegado al pecho.

Más o menos por esa época recibí un aviso de OkCupid de que a alguien le había gustado mi perfil. Inicié mi sesión, vi una foto en blanco y negro del mentón y la mandíbula de un hombre e hice clic.

“Sobre mí: Soy feminista. Respeto a las mujeres al mismo tiempo que disfruto dominarlas”, se podía leer en su perfil.

Fantástico. Uno de esos oportunistas de la saga de Cincuenta sombras. Me sentí horrorizada, por supuesto… pero seguí leyendo.

“Mis cosas favoritas: enviarte al trabajo con marcas, la fragancia de tu cabello en mis manos, la fotografía y Dan Savage”.

Cerré mi computadora portátil a toda prisa. Estaba… excitada. Pero no podía enviarle un mensaje. Las manías sexuales son algo que solo se ve en HBO. Yo misma me había burlado del furor de las Cincuenta sombras de Grey. No podía enviarle un mensaje.

¿O sí? Era adulta. Que no quisiera salir con nadie, no quería decir que no podía responderle.

Podía llorar por el dolor físico y luego por todo aquello que había tenido miedo de decir.

Abrí el cuadro de texto de los mensajes y escribí: “Soy superfanática de Dan Savage. Despertaste mi curiosidad”. En cuanto le di clic a enviar salí de la habitación, gritando.

Una semana y decenas de correos electrónicos después, Dan y yo acordamos reunirnos en Prospect Park. Era guapo, tenía treinta y tantos, ojos cafés y cabello castaño. Se mantenía en muy buena forma. Me dijo que era “dominante” desde hace años y que vivía con su novia en una relación abierta. Tenían reglas: nada de sexo sin protección, tenía que regresar a dormir y nada de besos. Nunca había conocido a un hombre que comunicara sus necesidades con tanta confianza.

“¿Dónde nos veríamos?”, pregunté.

“En tu casa, antes del trabajo. 6 a. m.”

Pasé saliva. No era madrugadora ni me gustaba la idea de estar desnuda a la luz del día, pero Dan se sentía seguro y en control. Me gustaba estar cerca de él.

“Necesitas decirme todo”, dijo. “Todo tu pasado; lo que te inquieta. Quiero que lleves un diario y me lo envíes también. Tengo que saber todo lo que puede ocurrir”.

Luego de esa tercera cita, con la mordida, acordamos un conjunto de reglas y establecimos límites. Le dije todo lo que generalmente me daba mucho miedo compartirle a una nueva pareja.

“Mi papá murió hace tres meses”, dije, “así que estaría bien evitar todo tipo de intercambios del tipo ‘papi’?”.

“Entiendo. ¿Qué más?”.

“No soy de emborracharme hasta perder la consciencia, pero si bebo me deprimo mucho. Preferiría que no tomes cerca de mí”.

“Perfecto”, dijo. “De cualquier manera quiero que estés plenamente consciente”.

Durante los siguientes dos meses, Dan me envió mensajes de texto todo el tiempo. Su aura de tranquilidad y control era una revelación para mí. En lugar de huir de mi carga emocional, le dio la bienvenida sin temor ni juicios.

Las noches antes de sus visitas me quedaba despierta hasta las cuatro de la mañana limpiando, deseosa de complacerlo. Tocaba el timbre a la misma hora que los camiones de la basura resonaban calle abajo y era excitante, hasta que fue agotador. Aunque Dan no lo admitía, era un sádico. Me dejaba marcas de mordidas y moretones que me duraban semanas.

Además, yo no era masoquista. Odiaba el dolor, pero me parecía catártico lo determinado que se mantenía Dan pese a mis arrebatos. Lloraba por el ardor cuando su cinturón de piel azotaba contra mis muslos, pero nunca trató de frenar ni de negar mis sentimientos. Podía llorar por el dolor físico y luego por todo aquello que había tenido miedo de decir: la relación que nunca tuve con mi padre, mi impulso a buscar ignorarlo todo con un trago. Nada lo desconcertaba.

Luego Dan se iba y me quedaba sentada en mi habitación, sola, con su sudor todavía fresco sobre mi piel, mientras anhelaba un abrazo.

Sabía que no podía continuar ocultándome, de mí misma y de los demás..

No era la única mujer a la que Dan visitaba. Me contaba historias sobre las otras mujeres con las que se acostaba y yo reprimía mis sentimientos de celos. Pensé que era más evolucionado que yo, como si el apego fuera una especie de fracaso moral de mi parte.

Poco después, un viejo amor vino a la ciudad y me invitó a cenar.

“Oh, oh… ¡tal vez quiera ir a casa conmigo!”, le escribí a Dan, en tono travieso.

“Cuidado”, contestó. “No me gusta compartir”.

Me quedé mirando el teléfono fijamente, impávida. Como no teníamos una relación romántica, había dado por hecho que no le importaría.

“Las citas están bien, pero no quiero que te acuestes con otros hombres”, escribió. “Si tienes problemas con eso, tal vez necesitamos reconsiderarlo”.

Le dije a Dan que necesitaba tiempo para pensarlo y luego me fui a la cita.

Mi amigo y yo estuvimos juntos hasta las dos de la mañana, riendo y besándonos, y me di cuenta de lo mucho que extrañaba que me besaran y la calidez de otro cuerpo. Dan tenía una pareja esperándolo en casa y yo estaba sola. ¿De verdad era eso lo que quería?

Cada que lo pensaba, llegaba a la misma conclusión: eso nunca sería suficiente . Si había encontrado el valor para ser honesta con él al comienzo, también podría alejarme.

Unos días más tarde, le escribí: “Lo siento, necesito más”.

“Si cambias de opinión”, respondió. “Sabes dónde encontrarme”.

Había descubierto una extraña liberación al someterme ante Dan, pero solo era un primer paso. Quería ser dominada, pero también necesitaba los domingos de quedarse en casa sin hacer nada y las caminatas por el parque. No estaba segura de qué tipo de relación sería esa. Solo sabía que no podía continuar ocultándome, de mí misma y de los demás.

Así que regresé a OkCupid e hice un perfil nuevo. “Busco un compañero monógamo y a largo plazo cuyos atributos dominantes naturales complementen los míos sumisos”, escribí. “La confianza de ese tipo se forja poco a poco, pero no tengo ninguna prisa”.

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